La pobreza que se fabrica desde el poder

Por: Pablo Zapata


Hay pobrezas que duelen… y hay pobrezas que indignan. Porque no todas nacen del azar, ni de una
crisis inevitable. Muchas son, lisa y llanamente, fabricadas. Construidas desde la irresponsabilidad de
quienes tuvieron —y tienen— en sus manos la posibilidad de cambiar la historia.
Durante años, la política fue perdiendo el rumbo. Dejó de ser herramienta de transformación para


convertirse, en demasiados casos, en un mecanismo de supervivencia del poder. Dirigentes
inescrupulosos, irresponsables, y en no pocos casos deshonestos, fueron sembrando un modelo que
no busca sacar a la gente de la pobreza, sino administrarla.
Y administrar la pobreza es, en el fondo, perpetuarla.

Los planes sociales, que deberían ser una red de contención transitoria, terminaron convirtiéndose en
un sistema casi permanente. No por culpa de quien los necesita, sino por un esquema que no genera
salida. Que no construye futuro. Que no propone un camino claro hacia el trabajo digno.

Entonces ocurre lo más grave: se pierde el horizonte.

Cuando una persona siente que esforzarse no mejora su situación, cuando percibe que trabajar puede
incluso significar perder lo poco que tiene asegurado, el problema deja de ser individual. Es el sistema
el que falla. Es el Estado el que no cumple su rol esencial de ordenar, incentivar y acompañar el
progreso.

Pero también hay una consecuencia silenciosa, profunda, que cala en lo social: el acostumbramiento.
No como elección libre, sino como resultado de años de políticas mal pensadas. Se va apagando el
incentivo, se diluye la cultura del esfuerzo, y se instala una resignación peligrosa: la de creer que no
hay otra alternativa más que depender.
Y eso es devastador.

Porque ningún pueblo crece desde la resignación. Ninguna comunidad se desarrolla si el mérito pierde
valor, si el trabajo deja de ser el motor, si el futuro se reduce a esperar una ayuda que apenas alcanza
para sobrevivir.

Esto no se soluciona señalando con el dedo al que menos tiene. Sería injusto y, además,
profundamente equivocado. La responsabilidad está mucho más arriba. Está en quienes diseñan
políticas sin pensar en el largo plazo. En quienes prometen soluciones rápidas que solo profundizan el problema. En quienes utilizan la necesidad como herramienta política.

La verdadera inclusión no es sostener indefinidamente a alguien en la asistencia. Es darle
herramientas para que no la necesite más. Es educación, es capacitación, es empleo, es dignidad.
Y, sobre todo, es responsabilidad.

Porque la pobreza no es solo falta de dinero. Muchas veces, es el resultado directo de la falta de
valores en quienes gobiernan.

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