Por Emanuel Salas
En Bragado vivimos una realidad preocupante: los accidentes de tránsito ya forman parte de la cotidianeidad. Chocar, atropellar o escuchar una sirena dejó de sorprendernos, y eso quizás sea lo más alarmante de todo. Nos estamos acostumbrando a convivir con situaciones que jamás deberían ser normales.
Ayer mismo, una colega fue atropellada mientras cruzaba la calle, a la salida de la escuela. Afortunadamente hoy está fuera de peligro, pero la situación pudo haber terminado en una tragedia. Este hecho vuelve a demostrar que muchas veces naturalizamos conductas irresponsables al volante hasta que el riesgo se convierte en una realidad que golpea de cerca.
Muchas veces buscamos responsables rápidamente: que la moto iba fuerte, que el auto cruzó mal, que faltan controles o que las calles están deterioradas. Y seguramente todo eso influye. Pero también existe una responsabilidad que nos pertenece a todos como ciudadanos.
El tránsito no es solamente una cuestión de normas o multas. Es una cuestión de convivencia, respeto y conciencia. Cada vez que manejamos distraídos, usamos el celular, no respetamos una esquina o circulamos sin casco, no solo ponemos en riesgo nuestra vida, sino también la de los demás.
Hace falta más educación vial, más controles y políticas de prevención sostenidas en el tiempo. Pero ninguna campaña servirá realmente si como sociedad no hacemos una autocrítica sincera. La seguridad vial empieza en cada uno de nosotros: en cómo manejamos, cómo cruzamos la calle y cómo enseñamos a nuestros hijos a moverse en la vía pública.
No se trata de señalar culpables solamente, sino de entender que todos formamos parte del problema y también de la solución. Porque detrás de cada accidente hay familias, amigos y vidas que cambian para siempre.
Ojalá podamos volver a construir entre todos un tránsito más humano, prudente y respetuoso. No por miedo a una multa, sino por respeto a la vida.





