Mientras la Argentina atraviesa una de las crisis económicas más profundas de las últimas décadas, vuelve a instalarse un debate que debería preocuparnos a todos: la posibilidad de facilitar la compra de tierras por parte de extranjeros.
Algunos sostienen que abrir las puertas sin restricciones traerá inversiones y desarrollo. Pero la pregunta es otra: ¿hasta qué punto un país puede desprenderse de su territorio sin poner en riesgo su soberanía?
La tierra no es un departamento, un auto o una acción en la Bolsa. La tierra es producción, alimentos, agua, minerales, bosques, energía y futuro. Es uno de los bienes estratégicos más importantes que posee una Nación.
Nadie discute que la Argentina necesita inversiones. Lo que sí merece discusión es si esas inversiones deben traducirse en que enormes extensiones del territorio nacional pasen a manos de personas o empresas cuyo interés principal, naturalmente, es el económico.
La historia demuestra que los recursos naturales siempre despertaron el interés de las grandes potencias. Hoy no se trata de conquistar países con ejércitos. Muchas veces el dominio comienza con el control de la tierra, del agua o de los recursos estratégicos.
Quienes defienden la eliminación de límites sostienen que el mercado debe regularlo todo. Sin embargo, incluso países que promueven economías abiertas mantienen restricciones o controles sobre la compra de tierras por extranjeros cuando consideran que está en juego un interés nacional.
La Argentina necesita reglas claras. Necesita atraer capitales, sí, pero sin hipotecar el patrimonio de las futuras generaciones. Porque una inversión puede recuperarse. La tierra que se pierde, difícilmente vuelva.
No es un planteo contra quienes nacieron en otro país. La inmensa mayoría de los inmigrantes ha contribuido al crecimiento de la Argentina desde su trabajo, su esfuerzo y su cultura. El debate no pasa por las personas; pasa por proteger un recurso estratégico que pertenece al conjunto de la Nación.
Ser moderno no significa vender todo. Ser abierto al mundo no implica renunciar a cuidar lo propio. La soberanía no se declama únicamente en los discursos patrióticos; se ejerce tomando decisiones que preserven aquello que hace grande a un país.
Porque la bandera no sólo flamea en los actos oficiales.
También flamea sobre cada hectárea de tierra argentina.
Y esa tierra merece ser defendida.





